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Super Bowl, celebridades y “la inyección para adelgazar”: ¿qué mensaje estamos legitimando?

En la última edición del Super Bowl, el show encabezado por Bad Bunny incluyó una pauta publicitaria que no pasó desapercibida: un inyectable para bajar de peso promocionado por Serena Williams, en alianza con la empresa Ro.

La controversia no se centró tanto en el fármaco en sí, sino en el encuadre del mensaje, el contexto de consumo masivo y el modelo de atención que se promueve.

Como nutricionista y comunicadora en salud, me interesa analizar tres dimensiones: el desplazamiento de la autoridad sanitaria, la banalización estética del tratamiento y los riesgos de desinformación.


Serena, promocionando un medicamente para adelgazar. (X)
Serena, promocionando un medicamente para adelgazar. (X)

Cuando el marketing desplaza la autoridad sanitaria

Ro es una empresa que ofrece teleconsulta y teleprescripción. El cuestionamiento de parte de la comunidad médica apunta a que este modelo podría “desplazar la autoridad médica para decidir cuál es tu mejor tratamiento”.

Aquí el problema no es la telemedicina en sí —que puede ampliar acceso y democratizar la atención— sino el modelo comercial centrado en la venta del medicamento como producto, más que en la evaluación integral de la persona.

El tratamiento farmacológico para la obesidad:

  • Requiere diagnóstico clínico.

  • Debe contemplar comorbilidades.

  • Necesita seguimiento.

  • Implica evaluación de riesgos y beneficios individuales.

  • No reemplaza el abordaje de hábitos, entorno y salud mental.

Cuando el mensaje se simplifica a: “hacelo desde tu casa, fácil, rápido”, se corre el foco del cuidado hacia el consumo. En salud pública, eso es problemático.


De tratamiento médico a solución estética rápida

Otro punto crítico es la elección de Serena Williams como imagen de campaña. Serena es una atleta de alto rendimiento, históricamente asociada a fuerza, disciplina y excelencia deportiva.

El riesgo del mensaje implícito es que:

  • Se asocie el uso del medicamento con la optimización estética.

  • Se instale la idea de que “unos kilos de más” justifican intervención farmacológica.

  • Se diluya la diferencia entre ob*sidad como enfermedad crónica y presión estética por delgadez.


En un contexto cultural donde el peso corporal sigue siendo altamente estigmatizado, este tipo de publicidad puede reforzar:

  • La patologización de cuerpos diversos.

  • La medicalización del malestar corporal.

  • La ilusión de una solución simple a un fenómeno complejo.

Y eso impacta especialmente en adolescentes y personas vulnerables.


Lo que el anuncio no dijo (y debería haber dicho)

Parte de la crítica médica también apuntó a la falta de información clave:

  • Estos tratamientos no previenen el efecto rebote si no hay cambios sostenidos en hábitos y entorno.

  • Pueden tener efectos adversos.

  • Requieren seguimiento profesional.

  • No están indicados para cualquier persona que quiera “perder peso”.


Cuando en una pauta masiva no se aclara esto, se instala un mensaje incompleto. Y en salud, la omisión también comunica. La publicidad no mostró:

  • Que la ob*sidad es multifactorial (genética, entorno alimentario, acceso, estrés, sueño).

  • Que los medicamentos son una herramienta más dentro de un abordaje integral.

  • Que no sustituyen políticas públicas ni transformaciones estructurales.


Conflictos de interés y credibilidad

Se suma un dato que no es menor, el marido de Serena es accionista de la empresa. En comunicación sanitaria, los conflictos de interés deben explicitarse con claridad. La transparencia es un principio ético central en salud. Cuando no está presente, se erosiona la confianza pública.


¿Cuál es el verdadero riesgo para la salud?

El riesgo no es el medicamento en sí. Los agonistas GLP-1 y otros tratamientos tienen indicación médica y respaldo científico en determinados casos.

El riesgo es:

  • Convertir una herramienta terapéutica en objeto de consumo aspiracional.

  • Reforzar la idea de que el cuerpo debe optimizarse constantemente.

  • Invisibilizar que la ob*sidad es un fenómeno social y ambiental, no solo individual.

  • Promover el acceso a fármacos sin el encuadre integral necesario.

En sociedades profundamente gordofóbicas, medicalizar el peso sin trabajar el estigma puede generar más daño que beneficio.


¿Qué debería comunicar una campaña responsable?

Una comunicación ética en este tema debería:

  • Diferenciar claramente obesidad de deseo estético.

  • Informar indicaciones y contraindicaciones.

  • Aclarar necesidad de seguimiento profesional.

  • Evitar promesas implícitas de facilidad o rapidez.

  • No reforzar ideales corporales normativos.

Porque en salud, el cómo comunicamos importa tanto como el qué.


Para cerrar...

El Super Bowl es uno de los eventos con mayor audiencia global. El mensaje que se instala ahí no es menor.

La pregunta que nos deja este episodio no es si los medicamentos para la ob*sidad deben existir —ya existen— sino: ¿Qué modelo de salud estamos promoviendo cuando el tratamiento se convierte en espectáculo?

Como profesionales, necesitamos sostener una conversación pública más compleja, basada en evidencia y ética, que no reduzca la salud a una inyección ni el cuerpo a un problema a corregir.

Si queremos hablar de prevención, hablemos también de entornos alimentarios, desigualdad, acceso, salud mental y políticas públicas.

Porque sin eso, cualquier jeringa corre el riesgo de transformarse en un atajo que invisibiliza las causas profundas.


Un beso,

Flor


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